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El tiempo que vivimos ¿En qué tiempo vivimos? El Señor, nuestro Padre, nos dice que seamos como el buen sembrador que sabe cuando están preparadas las tierras para sembrar, y que sabe también reconocer el tiempo malo que viene para proteger su siembra y asegurar así la cosecha. Si miramos en nuestro derredor, si observamos las señales que estamos viviendo, podemos darnos cuenta que todo lo que nos fue anticipado, está sucediendo. El mundo está tan familiarizado ya con el pecado, que ya todo malo lo ve normal, de lo más natural. Vemos así a conductores de televisión de uno y otro sexo que leen las más atroces noticias casi con una sonrisa en los labios para presentar una imagen que, al resultar agradable, traiga más audiencia a esa empresa. ¿Y qué se ha logrado con esto? Trivializar aquello que debería ser para nosotros de capital importancia. Igual sucedió en la antigua Roma, la poderosa y pagana Roma; el populacho se divertía con el sufrimiento del prójimo; eran espectáculo la muerte y la tragedia y eran motivo de festejo la muerte y el dolor. ¿No decían acaso los césares que al pueblo había que darle pan y circo? Ahora las cosas son aún peores, porque muchas veces les dan a las multitudes el circo y les niegan el pan. ¿Cuál es el resultado de esto, hermanos? ¿No cada día que pasa, los seres humanos nos volvemos más apáticos ante el sufrimiento de personas en lugares que no sean cercanos a nosotros? Las terribles guerras de la actualidad son presentadas casi como esos juegos de video a los que son tan afectos nuestros jóvenes de hoy, y la violencia se ha convertido en entretenimiento, anestesiando en nosotros la sensibilidad y la compasión que escenas del dolor ajeno deberían estar causando en nosotros. Hasta la misma Roma, cansada de gozar los deleites de la carne abrió su corazón para escuchar el mensaje de la Doctrina del Divino Maestro. Si en aquel tiempo los paganos convertidos a esta Doctrina buscaron la salvación en el amor que enseñaba, cercano está el tiempo en que los materialistas despertarán de su marasmo y se inspirarán con la luz espiritual que derramándose a raudales se encuentra sobre los hombres. Se terminará por aceptar que la frivolidad convierte el corazón en piedra y que la falta de caridad es una espantosa plaga que azota a la Humanidad. Y no solo éso. Se comprenderá al fin, que de nada sirven los falsos reclamos de falsa piedad, la hipócrita religiosidad, los ayunos y las penitencias mal entendidas, porque se sabrá que sólo la regeneración y la espiritualidad podrán dar a nuestro espíritu la paz y la luz. Y florecerá, una vez más, la palabra divina que sembrada se halla, con hechos de luz y de amor, en lo profundo del espíritu del hombre.
Citas extraídas de las comunicaciones divinas de El Tercer Testamento
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