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« La promesa Un nuevo Tiempo »

El secreto de pedir y aprender a pedir

Cuántas veces durante el transcurso de su vida, el hombre eleva los ojos al cielo para pedir a Dios que le conceda algo que necesita o desea; algunos piden por los bienes materiales, otros por la salud perdida, algunos suplican por las fuentes de trabajo, otros por el pan de cada día y por un sinnúmero de cosas más. Cuando alguno logra el objetivo de sus peticiones, se siente satisfecho pensando que Dios lo ama porque escuchó su plegaria, pero cuando el hombre no recibe aquello que deseaba, se confunde y pierde la fe, pensando que Dios no lo ha escuchado, o que sus peticiones no son lo suficientemente importantes para ser tomadas en cuenta por la Divinidad. Entonces, pone una barrera entre Dios y él, y surgen las dudas sobre el amor del Padre celestial y sobre su justicia.

            "¿Me preguntáis si nada puedo hacer por
            vosotros? ¡Ah, mis pequeños! antes de
            que vosotros me pidáis, yo he depositado
            en vuestras manos lo que necesitáis,
            pero ocupados en la lucha y caminando
            sin la luz de la fe, no sabéis sentir mi
            presencia ni ver lo que dejo en vuestro
            espíritu..." E. 100:48
Cuando el hombre se desespera pensando de esta manera, se está olvidando de varios puntos que son muy importantes: Dios no necesita que le pidamos para conocer nuestras necesidades, él sabe todo sobre nosotros y sabe perfectamente lo que nos hace falta, pero así como es Dios, es Padre, y disfruta de la comunicación de sus hijos con Él. Sin embargo, debemos entender que precisamente por tratarse de la sabiduría divina, es Dios quien sabe cuáles de aquellas cosas que le pedimos son necesarias o convenientes para nosotros y cuales no.
            "Hay muchos de mis párvulos que
            atribuyen a injusticias del destino su
            sufrimiento y se creen olvidados de su
            Padre; entonces os pregunto: ¿De qué os
            ha servido mi palabra? ¿Por ventura
            creéis que el Señor,  el autor de  la
            vida, es impotente para remediar
            vuestros males o que no puede
            complaceros en algo material que en nada
            os ayuda en vuestra elevación
            espiritual?"

            "Yo sólo os concedo aquello que sea para
            vuestro bien. ¡Cuántas peticiones hacéis
            que si os fuesen concedidas, sólo os
            ocasionarían perjuicios o desgracias!"
            E. 9:51, 52
"Pedid, que se os dará", dijo el Divino Maestro en el segundo tiempo, y apoyados en esta frase, los seres humanos pedimos cualquier cantidad de cosas, sin analizar la mayoría de las veces si aquello que pedimos es justo o necesario. Cuántas veces inclusive, hemos sabido de personas que en su afán de obtener aquello que creen necesitar, intentan hacer tratos con Dios, ofreciéndole hacer esto a cambio de aquello, y es así como escuchamos promesas como éstas: -Si me concedes lo que te pido, dejaré de fumar, o si curas a mi hijo dejaré de beber-. Dios no necesita que le hagamos promesas a cambio de algo, Él siempre está pendiente de nuestras necesidades, y nos da por el simple hecho de que esa es su naturaleza de Padre celestial, siempre estar pendiente de las necesidades de sus hijos.
            "Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis;
            llamad, y se os abrirá.
            Porque todo aquel que pide, recibe; y el
            que busca, halla; y al que llama, se le
            abrirá.
            ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su
            hijo le pide pan, le dará una piedra?
            ¿O si le pide un pescado, le dará una
            serpiente?
            Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar
            buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto
            más vuestro Padre que está en los cielos
            dará buenas cosas a los que le piden".
            Mateo 7:7-11
Lo que nos ha faltado para recibir las bendiciones de nuestro Padre, es humildad, es conocimiento, para saber que cuando Dios no nos concede algo, es porque aquello que pedimos no es lo que necesita nuestro espíritu para avanzar en el camino, y que aquello que llega a nosotros, aunque no sea lo que esperábamos, es lo que ha de ayudarnos a crecer, a aprender, a restituir y a evolucionar. Es por esa razón, que nuestro Padre ha tenido que regresar en este tiempo, para explicarnos que no se trata solamente de pedir, sino de aprender a pedir.
            "Recordad la lección en la que os dije:
            "Pedid, pedid que se os dará". Ahora
            vengo a deciros: "Aprended a pedir". E.
            36:13
Mas, ¿cómo entender lo que significa aprender a pedir? En realidad no es tan difícil, si comprendemos que hay una enorme diferencia entre lo que pedimos y lo que necesitamos, porque en verdad, que lo único que necesitamos es perder ese egocentrismo que nos lleva a ocuparnos solamente de nosotros y de nuestra familia. Al ser egoístas, nos estamos olvidando de una de las promesas que el Divino Maestro nos hiciera en el Segundo Tiempo, cuando nos dijo que mientras nos ocupemos de lo suyo, Él se ocupará de lo nuestro, y que aquél que pide por los demás, recibirá por añadidura todo lo que necesita para sí mismo.
            "Si os digo ahora que debéis aprender a
            pedir, es porque anteriormente vuestra
            petición era incompleta y egoísta, sólo
            os acordabais de pedir para vosotros o
            para los vuestros. Mi lección de ahora
            viene a deciros que debéis aprender a
            sentir las penas de los demás; sabed
            vivir y sentir los sufrimientos de
            vuestros semejantes, las desgracias que
            afligen a vuestros hermanos; debéis
            aprender a entender a quien lleva oculta
            una herida y a sentir los sufrimientos
            de aquellos que, por estar distantes, no
            podéis contemplar. Entre estos últimos
            debéis considerar a los que habitan
            otros pueblos y naciones, a los que
            moran en otros mundos o en el Más Allá.
            No temáis si algún día os olvidáis de
            vosotros y sólo os acordáis de los
            demás, porque nada habréis perdido.
            Sabed que quien ora por los demás, lo
            está haciendo por sí mismo". E.36:14
Si ponemos en práctica esta forma de petición, no habrá nada que Dios no nos conceda si es para el bienestar de nuestro espíritu o materia; mas también será necesario que aprendamos a recibir, porque no siempre las cosas llegan de la manera que las esperamos y en muchas ocasiones, podemos estar dejando pasar por nuestro camino aquello que el Padre nos envía, sin darnos cuenta de que eso que dejamos ir, era precisamente lo que necesitábamos. ¿Y cómo podremos saber que realmente hemos aprendido a recibir lo que nuestro Padre nos envía? El día en que podamos elevar una oración para pedir que se haga Su voluntad en nosotros. De esa manera, aprenderemos a recibir todo lo que toque nuestra vida, sabiendo que aunque sea dulce o amargo, detrás de ello se encerrará una gran lección de amor divino.
          "Y le dijo Dios: Porque has demandado esto,
          y no pediste para ti muchos días, ni pediste
          para ti riquezas, ni pediste la vida de tus
          enemigos, sino que demandaste para ti
          inteligencia para oír juicio,
          he aquí lo he hecho conforme a tus palabras;
          he aquí que te he dado corazón sabio y
          entendido, tanto que no ha habido antes de
          ti otro como tú, ni después de ti se levantará
          otro como tú.
          Y aún también te he dado las cosas que no
          pediste, riquezas y gloria, de tal manera que
          entre los reyes ninguno haya como tú en
          todos tus días.
          Y si anduvieras en mis caminos, guardando
          mis estatutos y mis mandamientos, como
          anduvo David tu padre, Yo alargaré tus días".
          1 Reyes 3:11-14

Citas extraídas de las comunicaciones divinas de El Tercer Testamento

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