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« El triunfo del espíritu Es tiempo de la luz »

María y la Natividad

María, que fuera Madre humana de Jesús, es Madre espiritual de toda la humanidad y Ternura Divina siempre presente en Dios.

Dar un hijo al mundo, tener la bendición de llevar a un nuevo ser en las entrañas, verlo nacer, amarlo desde antes de conocerlo, son algunos de los privilegios que las madres del mundo tienen; privilegios que le dan a esos espíritus encarnados en mujer, la oportunidad por un breve momento, de sentirse parte de la creación, de Dios mismo; ese instante del alumbramiento en que estando en la Tierra, la mujer puede sentirse cerca del cielo. Y yo me pregunto, si así sienten las madres humanas, las que aún siendo limitadas y pequeñas al esperar un hijo se vuelven capaces de las más grandes obras de amor, ¿qué habrá sentido María al saber que llevaba en sus entrañas al Salvador del mundo, al Mesías prometido? ¿Qué habrá sentido en su corazón de madre al verlo nacer y contemplarlo rodeado de tanta pobreza humana y al mismo tiempo de tanta riqueza espiritual?

Aprovechando el espacio que en esta ocasión hemos dedicado al recuerdo del nacimiento del Divino Maestro, me gustaría compartir con todos nuestros amados lectores, algunos de los párrafos de las enseñanzas que María, nuestra Madre Universal, inspiró a los portavoces que en este Tercer Tiempo recibieran su mensaje a través de la comunicación por el entendimiento humano, manifestación que fue anunciada por los profetas y que nos habla en algunos de sus pasajes, de esos momentos en que María, mujer, se convirtió en madre de Jesús.

            "Hijos míos: De cierto os digo que no
            existen en vuestro idioma palabras que
            puedan expresar lo que mis ojos
            contemplaron en el instante en que el
            Verbo, hecho hombre, nació a la luz del
            mundo y reposó en mi regazo. Una luz
            radiante iluminaba a aquel Ser que, al
            abrir sus ojos, me envolvió en una
            sonrisa de infinito amor".

            "¡Que gozo tan grande invadió entonces
            mi corazón de madre!... Pero había tanta
            soledad y pobreza en nuestro derredor,
            que me sentí angustiada. Hubiese querido
            cubrir de galas aquel cuerpecito,
            sabiendo que era Rey, mas sólo pude
            arroparlo con mis besos de amor, darle
            el mejor de los lechos y sólo le ofrecí
            por cuna un pesebre".

            "Un silencio augusto envolvía aquella
            noche bendita, sin que los señores de la
            Tierra ni los reyes del mundo, dormidos
            en el letargo y la tiniebla,
            presintiesen que el Hijo de Dios había
            llegado entre los hombres".
            ¡Cuánta ternura encontramos en las
            palabras de nuestra Madre, ante el
            recuerdo del nacimiento de Jesús!, la
            misma con la que nos revela algunos
            pasajes de Su vida cuando aún siendo
            niño, llenaba de alegría su corazón.

            "María, vuestra Madre, va a hablaros de
            cómo fue Jesús en la Tierra".

            "Él fue humilde, todo amor, comprensión
            y caridad; su mirada era dulce, sus
            manos suaves. Era semejante a un lirio.
            Su voz acariciaba y su palabra iluminaba
            como estrella. Era como un bálsamo, como
            un arrullo de paloma. Hablaba siempre
            del Reino de su Padre, de las cosas
            bellas y buenas, y los hombres y los
            niños le escuchaban transportados a un
            mundo superior".

            "Su protección era la de un amante
            Pastor y su enseñanza la del mejor de
            los maestros. Los niños lo amaban,
            gozaban cuando la mano de Jesús se
            posaba sobre sus cabezas, y en su faz
            dejaban ver la felicidad cuando eran
            mirados por Él. ¡Cuánto amó a los
            hombres! ¡Cuánto amó a los niños! Cuando
            éstos se acercaban a Mí, me decían:
            "Buscamos a nuestro amigo Jesús".
            ¡Cuantas cosas bellas contemplaron mis
            ojos! ¡Cuánta alegría experimenta mi
            espíritu por haber sido la madre de
            Jesús!"

            "Jesús brillaba más que los rayos del
            sol, porque de Él se desprendía una luz
            que embellecía su ser. Su mirada no era
            como la de los hombres o como la de los
            otros maestros, sino que penetraba en
            los corazones vivificándolos. Parecía
            que la luz del día se sumaba a su
            belleza para acariciar cuanto veía. Sus
            ojos, siempre serenos, tenían un mensaje
            secreto, profundo".

            "Una belleza muy grande lo envolvía
            cuando elevaba su espíritu para penetrar
            en comunión con el Padre. Después,
            cuando iba en busca de los tristes y
            enfermos, de sus labios brotaban frases
            llenas de amor y de luz. Su lenguaje
            sencillo y profundo a la vez, llegaba a
            todos los corazones".
                                El Mensaje de María
¿No son acaso las palabras de María lo suficientemente elevadas y claras, para hacernos meditar en que nuestra celebración por el nacimiento del Divino Maestro, debe estar saturada de amor, esperanza y recordación espiritual, más que de festín material?

Mas no se entienda esto como si nuestro Padre estuviera en contra de nuestra alegría y conmemoración; lo único que nos pide, es que demos a cada cosa el lugar y valor que le corresponde.

            "Ninguno piense que vengo a borrar de
            vuestro corazón la fiesta más pura que
            celebráis en el año, cuando conmemoráis
            la Natividad de Jesús. Sólo vengo a
            enseñaros a dar al mundo lo del mundo y
            al espíritu lo del espíritu, si tantas
            fiestas tenéis para celebrar hechos
            humanos ¿por qué no le dejáis esta
            fiesta al espíritu, para que él,
            convertido en niño, se acerque a
            ofrecerme su presente de amor, para que
            adquiera la sencillez de los pastores
            para adorarme y la humildad de los
            sabios para inclinar su cerviz y
            presentar su ciencia ante el dueño de
            sabiduría verdadera?"

Citas extraídas de las comunicaciones divinas de El Tercer Testamento

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