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Abraham, el gran patriarca Cuán incomprendidos han sido los patriarcas del Primer Tiempo ante los ojos del mundo, ante una humanidad hipócrita que tiene la tendencia de juzgar a los demás conforme a sus reglas y convencionalismos sociales, a través de una moral cambiante en la que el materialismo y las pasiones se desbordan sin control, en medio de grupos humanos en los que se va olvidado el concepto de familia y los deberes para con Dios, una sociedad enferma en la que la familiaridad con el pecado se ha vuelto normal y cotidiana, donde la muerte, la traición y la violencia se han vuelto lícitas, como el pan de cada día. Cuán criticado ha sido Abraham, aquel patriarca que fue nombrado padre del pueblo de Israel, quien convivía con los ángeles como entre amigos y platicaba con Dios en forma cotidiana. Aquel hombre de vida sencilla y virtuosa que fue sometido a las más grandes pruebas incluso por los hombres más duros e incrédulos de su época, a los que a través de su ejemplo de fidelidad y amor inquebrantable a su Señor, terminaba convirtiendo a la doctrina del bien, haciéndolos proclamar la existencia del Dios único. Lo primero que han olvidado aquellos que se atreven a poner en tela de juicio la vida de ese hombre, es que al igual que todos los grandes patriarcas de la antigüedad, Abraham vivía antes que nada conforme a las Leyes divinas, anteponiendo a sus propios intereses la voluntad de su Señor.
"Aquellos hombres me honraban con su
vida; no eran idólatras, porque ya
conocían la espiritualidad, tenían
sentido del amor y de la caridad hacia
el extranjero y dentro de su hogar eran
hospitalarios para el viajero fatigado;
para todos tenían a flor de labio una
buena palabra y un consejo sabio".
"El poder que emanaba de Abraham, no
venía de su fuerza física, sino del
poder de su oración espiritual, de la fe
inquebrantable que tenía en la voluntad
divina, de su humildad y su obediencia".
"¡Ah, si los hombres de este tiempo
comprendiesen el poder de la oración,
cuántas obras sobrehumanas realizarían!
Pero viven una época de materialismo, en
el que hasta lo divino tratan de
materializarlo para tocarlo y poderlo
ver".
"Mis siervos de los tiempos pasados,
Noé, Abraham, Isaac y Jacob, José o
Moisés, supieron de la fuerza de la
oración y de ello dieron pruebas
imborrables a la Humanidad, quedando su
forma de orar como un ejemplo para todas
las generaciones".
"Para aquellos hombres el sitio para
orar era indiferente, sabían que
llevaban en el fondo de su ser el templo
del Señor. El camino que buscaban para
aproximarse a mi fuente de misericordia
era la fe, una fe en mi presencia, en mi
justicia, en mi providencia y en mi
amor".
"A cada uno de aquellos hombres le
sujeté a una gran prueba, tan grande que
de ella quedarán testimonios para todos
los tiempos. Y en aquellas pruebas
supieron ser fieles, obedientes,
humildes, fervientes a su Creador".
"Mi respuesta fue siempre inmediata para
la fe y el amor de aquellos siervos,
haciéndoles objeto de mis
manifestaciones de poder, que solamente
les son concedidas a los hombres de gran
fe y de buena voluntad".
He ahí las razones por las que la humanidad no comprende
la vida de los patriarcas, por las que son juzgados de
locos o fanáticos, y en muchas otras ocasiones de
utópicos imprácticos o mentirosos, pasando muchos de
ellos a leyendas o a personajes de ciencia ficción.
Nuestro mundo materialista y falto de espiritualidad nos ha hecho ver como imposibles muestras de fe y obediencia como las que fueron capaces de llevar a cabo patriarcas como Abraham, quien hubiera sido capaz incluso de sacrificar la vida de su hijo muy amado por cumplir con la voluntad de su Señor. ¿Quién de nosotros sería capaz de sacrificar lo más amado para demostrar a Dios su fidelidad y su amor? Esa es la enseñanza que se encierra en el ejemplo de Abraham, no se trataba de renunciar a cualquier cosa, sino a lo más amado, y no dudó en sacrificarlo por amor a su Señor. ¡Cuantos de nosotros no somos capaces de sacrificar ni siquiera lo más pequeño de la materialidad que nos envuelve, capaces de abandonar un mal hábito o una debilidad, de renunciar a nuestra indiferencia ante los demás o de sacrificar nuestro amor propio de vez en cuando? ¿Cuántos estamos dispuestos a sacrificar nuestra comodidad, nuestro tiempo y tantas otras cosas a las que podríamos renunciar aunque sea de vez en cuando, por un momento, para dedicarlo a dar a nuestro Padre lo que pide de nosotros: el amor hacia nuestros hermanos? ¿Quién de nosotros, como pregunta nuestro Padre, sería capaz de regenerar su vida en este instante, capaz de dejar sus vicios y su pecado, si eso significara el fin de las guerras y la llegada de la paz a la tierra? ¿Cuántos hemos sido capaces de bendecir a Dios en la desdicha, de darle gracias en las pruebas más difíciles sin dudar de que Su voluntad es siempre sabia, como lo hicieron aquellos grandes patriarcas?
"Bendigo vuestras penas y lágrimas,
pueblo amado, pero os digo que todavía
no habéis aprendido a aceptar con amor y
conformidad el cáliz de amargura".
"No olvidéis que el mérito no consiste
en sufrir, sino en saber sufrir con amor
hacia el Padre, con fe y paciencia, a
fin de extraer del sufrimiento el mayor
provecho y las más profundas lecciones".
"Si en vuestras pruebas no hubiese amor
hacia la voluntad de vuestro Padre, no
habréis hecho méritos ante Mí, no
habréis sabido aprovechar la oportunidad
de elevaros un poco más; por tanto,
tendréis que volver a pasar por aquella
prueba que es necesaria a vuestro
espíritu".
"Otra sería vuestra vida si en vez de
arrastrar penosamente vuestra cruz,
avanzaseis por el sendero bendiciendo
vuestro dolor, pues al instante
sentiríais como si una mano invisible
llegara hasta vosotros para apartar de
vuestros labios el cáliz de amargura".
"Bienaventurado el que bendice la
voluntad de su Señor, bienaventurado el
que bendice su propia amargura sabiendo
que ella lavará sus manchas, porque ése
está afirmando sus pasos para ascender
la montaña espiritual".
"No siempre será necesario que bebáis
hasta el fondo el cáliz de amargura,
porque me bastará con mirar vuestra fe,
vuestra obediencia, vuestro propósito e
intención de obedecer mi mandato para
que Yo os exima de llegar al instante
más duro de vuestra prueba".
"Recordad que a Abraham le fue pedida la
vida de su hijo Isaac, a quien mucho
amaba, y que el patriarca,
sobreponiéndose a su dolor y pasando por
sobre el amor al hijo, se aprestó a
sacrificarlo en una prueba de
obediencia, de fe, de amor y humildad
que aún vosotros no podéis concebir, mas
no le fue permitido que consumase el
sacrificio en el hijo, porque ya en el
fondo de su corazón había probado su
obediencia ante la voluntad divina y con
ello era bastante".
"¡Cuán grande fue el gozo de Abraham,
cuando su mano fue detenida por una
fuerza superior impidiéndole el
sacrificio de Isaac! ¡Cómo bendijo el
nombre de su Señor y se maravilló de su
sabiduría!"
"¡Cuántas pruebas rechazáis con vuestra
ignorancia, sin daros cuenta de la luz
que traían a vuestro espíritu! ¡Cuántas
lecciones no han llegado a su término,
porque vuestra inconformidad, falta de
fe o cobardía, no lo han permitido!".
¿Habrá quien piense que Dios no sabía a qué grado
llegaría la fidelidad de Abraham y por eso lo probó
pidiéndole la vida de su hijo? Espero que no.
Él sabía en su sabiduría divina de lo que el patriarca sería capaz por amor a su Señor; la prueba fue para hacer aun más grande y fuerte el espíritu de Abraham y para darnos a toda la humanidad un ejemplo de lo que debe ser en nosotros la fe y la obediencia a la voluntad divina. Desafortunadamente, aún no hemos aprendido la lección que nos han dado a través de su ejemplo todos los grandes iluminados que han pisado la Tierra. Si la humanidad de todos los tiempos hubiera comprendido el ejemplo de Abraham y de tantos iluminados que nos han dejado un camino lleno de obras de amor, de actos de fe y obediencia, de lucha contra la adversidad y de triunfo por la espiritualidad, Dios no hubiera tenido que hacerse hombre, no hubiera tenido que entregarnos Su verbo encarnado en Jesús en el Segundo Tiempo, para demostrarnos a través de la incomprensible inmolación del Mesías, la dimensión del amor que Dios tiene por todos sus hijos. Su sacrificio fue la puerta que nos enseñó el camino de la salvación, y sin embargo, en aquél momento de incomparable dolor divino, no hubo un ángel que detuviera la mano de los verdugos para evitar el holocausto del único Justo, del único Santo, el único sin mancha, el Hijo de Dios.
Citas extraídas de las comunicaciones divinas de El Tercer Testamento
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