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La importancia del nombre
"...Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de Mí, la hallará". Mateo 16: 24-25Como parte de ese culto a la personalidad, nos encontramos con algo que para el hombre se ha convertido en un detalle de suma importancia; el nombre. A través de la historia, nos hemos encontrado con una infinidad de ejemplos que nos hablan de la importancia que tiene para el hombre su individualidad, el que los demás lo reconozcan como alguien único y especial, y es así como se han creado árboles genealógicos, y ciencias que estudian el pasado de las familias para conocer su linaje y para demostrar la realeza o nobleza de las personas; así, se van creando barreras entre unos y otros, como también se han creado barreras con las fronteras que nos dividen en países con diferentes nombres y nos convierten a todos en extranjeros. El género humano tiene la tendencia de levantar monumentos, de hacer diplomas y distintos tipos de reconocimientos para lograr que sus nombres sean reconocidos por encima del resto de los mortales y con ellos sus obras. Sin embargo, quienes somos verdaderamente, nada tiene que ver con el nombre y apellido que llevamos en esta vida, porque el espíritu ha tenido muchas vidas, muchos nombres y apellidos a través de su existencia, aunque nada sepamos de ellos; lo que es el espíritu verdaderamente, lo que lo hace diferente a los demás son sus obras, su amor, la luz que emana de su elevación y adelanto, en una palabra, su esencia.
"Mi luz desciende a las tinieblas de la
mente de aquel que dice que no ama al
espíritu porque no lo conoce, en cambio
ama la riqueza material, la hermosura
física que halague su vanidad, la
inteligencia que sea causa de
admiración, el nombre, los títulos, eso
es lo que ama y eso, es amar al no ser.
El humano no es la materia, ni sus
riquezas. El humano solo vale y existe
por su espíritu".
Muchos se preguntarán ¿por qué? Si los nombres no son
importantes, nuestro Padre ha permitido que los nombres
de sus apóstoles y de tantos iluminados del Primer y
Segundo Tiempos lleguen hasta nuestros días, así como
también los nombres de aquellos que han cometido grandes
errores; los que así se preguntan, no han comprendido que
lo que nuestro Padre ha querido es dejar en nosotros es
el testimonio de la obra de aquellos seres, no sus
nombres, de manera que aprendamos de los buenos ejemplos
y rechacemos los malos.
Aquel que desee que su nombre pase a la historia, que se cuide de que sea por sus buenas obras, y después de esto, que no pida recompensa en el cielo, puesto que ya la buscó en la Tierra.
"Dejad, a los que vienen detrás de
vosotros, el recuerdo de vuestras buenas
obras como un ejemplo; apresuraos desde
hoy a borrar todas vuestras manchas,
para que no sean vistas por vuestros
hermanos".
"Las escrituras del Primer Tiempo
recogieron la historia del pueblo de
Israel conservando el nombre de sus
hijos, sus aciertos y sus errores, sus
obras de fe y sus flaquezas, su
esplendor y sus caídas, para que ese
libro hablara a cada nueva generación de
la evolución de aquel pueblo en el culto
sagrado".
"Aquel libro lo mismo guardó los nombres
de los patriarcas amantes de la virtud y
de la justicia, modelos de fuerza en la
fe, que los de los profetas, videntes de
lo futuro, por cuyas bocas habló siempre
el Señor cuando vio a su pueblo al borde
de un peligro. También recogió los
nombres de los perversos, de los
desobedientes, porque cada caso, cada
ejemplo, es una lección y a veces un
símbolo". 102:30..
Si analizamos la vida de aquellos grandes espíritus que
nos dieron ejemplo en el pasado, encontraremos que muchos
de ellos inclusive, cambiaron sus nombres o los negaron,
algunos por obediencia a la voluntad divina y otros por
humildad y renunciación.
Ahí tenemos el ejemplo de Abram cuyo nombre significaba "Padre enaltecido", el cual cambió su nombre por fe y obediencia a su Señor para convertirse en Abraham que quiere decir "Padre de una multitud"; Sarai, su esposa, obedeciendo esa voluntad divina, cambió su nombre por el de Sara que quiere decir "Princesa". Jacob, aquel que fuera simiente de las doce tribus del pueblo Israelita, cambió su nombre al de Israel, "el fuerte de Dios". Aquél que fuera apóstol del profeta Elías en el Primer Tiempo, se llamó a sí mismo Eliseo, que quiere decir "Elías el pequeño", para honrar a su maestro y seguir sus pasos. Cuando vino Juan el Bautista en el Segundo Tiempo, a pesar de haber sido confirmado por el Divino Maestro y por todas las profecías y señales que Juan era el profeta Elías, cuando le preguntaban al Bautista si él era Elías, simplemente respondía: "Yo soy la voz de aquél que clama en el desierto", aquella frase con la que el profeta clamaba al cielo en el Primer Tiempo. Nunca comprendieron en aquellas sencillas palabras que aquél hombre conocido como Juan el Bautista, estaba reconociendo en él al profeta Elías, pero se negaba a sí mismo por humildad. El apóstol Simón cambió su nombre al simbólico nombre de Pedro por obediencia a su Maestro, y Saulo de Tarso, aquél que fuera conocido como el gran persecutor de los discípulos del Divino Maestro, como una muestra de arrepentimiento ante las faltas cometidas y como una muestra de enorme humildad y despojo de su vida anterior, cambió su nombre por el de Pablo y dedicó dedico el resto de sus días a honrar la Obra divina.
"Saulo fue sorprendido por mi luz divina
cuando se encaminaba en busca de Pedro,
para aprehenderle. Mi luz llegó a lo más
profundo del corazón de Saulo, quien
postrado ante mi presencia, vencido por
mi amor, impotente para llevar a cabo la
misión que en contra de mi discípulo
llevaba, sintió en el fondo de sí la
transformación de todo su ser, y ya
convertido a la fe de Cristo, se
apresuró a ir en busca de Pedro, pero ya
no para matarle, sino para pedirle que
le instruyese en la palabra del Señor y
le dejase tomar parte en su Obra".
"Desde entonces Saulo fue Pablo,
significando con aquel cambio de nombre,
la absoluta transformación espiritual de
aquel hombre, su conversión absoluta".
Es muy importante que comprendamos lo que significa un
cambio de nombre o la negación de este; de lo que todos
estos ejemplos nos hablan, es de humildad, de renuncia,
de espiritualidad, de un cambio de vida, de iluminación;
de una verdadera transformación que hará que con nuestras
obras, en lugar de hablar en nuestro nombre, hablemos en
el nombre de nuestro Padre; porque al hacer el bien, al
amar a nuestros semejantes, al dar una curación o una
ayuda, al dar un buen consejo o hacer la luz en aquellos
que se encuentran en confusión, estaremos hablando en el
nombre de nuestro Padre.
"Que vuestra labor sea oculta, aunque
el resultado sea magnífico, y el que
vuestros nombres no sean reconocidos no
debe importaros, por el contrario,
pensad que así agradáis al Maestro".
"Jesús vino a enseñaros el amor, no a
satisfacer vuestras vanas curiosidades;
mas cuán pocos saben amar en su nombre.
Siempre que hacéis un bien, decís: -Soy
noble, soy generoso, soy caritativo, por
eso hago esto".
"Yo os digo: Si esas obras las hicieseis
en nombre de vuestro Señor, seríais
humildes porque la bondad es de Dios y
se la he dado a vuestro espíritu;
entonces, quien atribuye a su corazón
humano sus buenas obras, está negando a
su espíritu y a quien lo revistió de
esas virtudes".
"No os aflijáis si os digo que vuestros
nombres no pasarán a la historia; si ya
sois humildes, sabréis hacer la caridad
con vuestra diestra, procurando que lo
ignore la siniestra".
"No importa que vuestros nombres se
pierdan, lo importante serán vuestras
obras, porque ellas si quedarán impresas
indeleblemente en el camino que
trazasteis".
"Velad y orad, venced en mi nombre y
entonces sí habréis alcanzado vuestra
apoteosis espiritual; la gloria vendrá a
vuestro encuentro y habrá sonrisas de
paz y de júbilo verdadero. El hijo
pródigo de la parábola retornará al
hogar paterno y conquistará al fin la
paz prometida a los hombres de buena
voluntad". 345:45
Citas extraídas de las comunicaciones divinas de El Tercer Testamento
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