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« Abraham, el gran patriarca La multiplicación de los panes y los peces »

La oración modelo

Como esta frase bien lo indica, la oración de Jesús fue puesta como un modelo de lo que necesitamos para elevarnos en una verdadera oración; el Divino Maestro no enseñó a sus apóstoles esa plegaria para que los hombres la repitieran como una letanía, sino para que comprendieran a través de ella, la forma de lograr la comunicación de espíritu a Espíritu con nuestro Padre. Al hacer un análisis del Padrenuestro, tal vez les suceda lo mismo que a muchos de nosotros que al tratar de comprender el verdadero sentido de esa oración, llegamos a la conclusión de el único que podía elevarla al Padre era precisamente el Mesías, ya que Él con su vida y su ejemplo, cumplió al pie de la letra cada una de las partes que la componían.

Cada uno de nosotros debe componer sus propias oraciones, con pensamientos, palabras y obras, y mientras más nos adentremos en la práctica de ellas, más elevadas y espirituales serán.

Cuando los apóstoles pidieron al Divino Maestro que les enseñara a orar, Él dijo:

  “Cuando ores, no seas como los hipócritas;
  porque ellos aman el orar en pie en las
  sinagogas y en las esquinas de las calles,
  para ser vistos de los hombres; de cierto os
  digo que ya tienen su recompensa.
  Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento,
  y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está
  en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto
  te recompensará en lo público”.
  Mateo 6:5-6
¿Cuál es ese aposento del que habla el Divino Maestro? Ese aposento es el rincón más íntimo de cada uno de nosotros, es el interior de nuestro corazón; es ahí donde el Padre nos espera, en ese templo que cada uno lleva dentro de sí mismo, porque siempre está con nosotros sin importar donde nos encontremos, puede ser en medio de la más cruenta batalla o en el silencio de nuestra habitación. Nuestra oración debe ser silenciosa y espiritual, no es necesario que nadie se de cuenta del momento en que elevamos una plegaria, y ese momento, puede ser cualquier momento.
  “Y orando no uséis vanas repeticiones, como
  los gentiles, que piensan que por su palabrería
  serán oídos.
  No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque
  vuestro Padre sabe de qué cosa tenéis necesidad,
  antes de que vosotros le pidáis”
  Mateo 6:7-8
¿Por qué piensan algunos que mientras más repitan un rezo, más los escuchará Dios? ¿Es acaso un Padre sordo que necesita de nuestra insistencia para que podamos ser escuchados? La razón por la que Dios nos pide que oremos no es para recordarle sus obligaciones de Padre, sino para que aprendamos a desprendernos de la materialidad que no nos permite olvidarnos de nosotros mismos para ocuparnos de nuestros hermanos y para que en esa práctica de elevación desarrollemos la facultad de comunicarnos con Él, mas no con frases aprendidas de memoria, sino con las palabras sencillas que surjan de lo más íntimo de nuestro interior. No debemos desesperar cuando aquello que hemos pedido no nos ha sido concedido o no ha llegado en el tiempo en que nosotros lo solicitamos. Los tiempos de Dios no son los tiempos de los hombres, y aún somos pequeños para comprender lo que de verdad nos conviene.

¿Qué necesidad podrá tener el hombre que su Dios no conozca? ¿Con qué palabras podrá hablarle que El no comprenda? Si todo está en Dios ¿Qué podrá haber oculto a su Divinidad? ¿En qué lugar del Universo podría perderse un espíritu sin ser escuchado por su Padre? ¿En qué templo construido por la mano del hombre podría contenerse Su grandeza? Si todas las maravillas de la naturaleza y toda la creación material y espiritual han brotado de Su seno ¿Qué podrá ofrecerle el hombre que no le pertenezca? ¿Qué cánticos o flores podrá regalarle que no sean ya de por sí Suyos? ¿Cuál podría ser entonces esa ofrenda que viniendo de nosotros sea elevada y única, esa forma de comunicación que siendo realmente nuestra, pueda agradar a Dios convirtiéndose en una verdadera oración de nosotros hacia El?

  “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que
  estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
  Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en
  el cielo, así también en la tierra.
  El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
  Y perdónanos nuestras deudas, como también
  nosotros perdonamos a nuestros deudores.
  Y no nos metas en tentación, mas líbranos del
  mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la
  gloria, por todos los siglos. Amén”.
  Mateo 6:9-13
En la primera frase de la oración, está el reconocimiento a la existencia y presencia del Dios único, es el primer paso para la preparación del espíritu a una verdadera oración, la elevación del espíritu por encima de la materialidad, para alcanzar los espacios en los que puede lograr la comunicación con lo divino. Después continúa con una alabanza, con un propósito de santificación a Dios.

¿Cuántos de nosotros santificamos verdaderamente el nombre de nuestro Padre Celestial? Santificar quiere decir consagrar o dedicar algo a Dios, ¿y qué es eso que Dios quiere que consagremos a Él? Nuestro amor, a través del amor a nuestro prójimo; es en unas cuantas palabras, la revisión diaria de los actos de nuestra vida ante la luz de la Conciencia que esa presencia divina en nosotros. Jesús dedicó su vida por completo a la santificación de Su Padre celestial, porque todos Sus actos, fueron obras guiadas por el amor.

La parte siguiente, nos habla del instante en que el hijo logra la comunicación directa con su Padre una vez que ha alcanzado la elevación del espíritu a través de ese análisis ante la Conciencia; es cuando las puertas del Arcano se abren a la mirada espiritual del hijo para entregarle esa presencia divina que se traduce en mensajes divinos, en desarrollo de dones, en salud, en sabiduría y en tantos otros bienes que recibimos de nuestro Padre cuando logramos estar cerca de Él. Todos estos presentes que son manifestación de Dios en nosotros en Jesús eran una constante, porque el reino de Dios estaba en Él todo el tiempo.

En la siguiente parte de esta oración modelo, viene la aceptación del hijo hacia la voluntad divina, el acatamiento incondicional de ella tanto en lo material como en lo espiritual. Es la manifestación de la más grande humildad, de la obediencia sin límites y la fe inquebrantable ante los designios divinos. Y yo me pregunto ¿Cuántos de nosotros hemos sido capaces de acatar la voluntad de nuestro Padre sin cuestionarlo? ¿Quién de nosotros ha aceptado las pruebas de su vida con humildad y amor? ¿Quién es capaz de bendecir su destino en lo poco y en lo mucho, en la dicha y en la adversidad, en la salud y la enfermedad?

Solamente el Divino Maestro fue capaz de bendecir a su Padre aún en los momentos de mayor infortunio, acatando Su voluntad hasta el último respiro de su paso por la Tierra.

Ahora entramos a la petición, la cual, cuando es elevada y espiritual, hace que nos olvidemos de nuestra propia necesidad, para pedir a nuestro Padre por la necesidad de nuestros hermanos. Es importante que analicemos también el símbolo del pan, el que no solamente simboliza el alimento que necesitamos en lo material, sino que también ha sido usado por el Padre para hablarnos del alimento espiritual que es la palabra divina, la enseñanza. En la oración del Maestro, hay una petición humilde, es la petición que se concreta a la necesidad cotidiana; no es el anhelo de tener resuelto el futuro, sino la necesidad de cada día. Es por eso que Él decía “Preocúpate por hoy, que el mañana se resolverá por sí solo”. Esto nos habla también de la fe.

Después, el Maestro se refiere al perdón, aquel que debemos pedir y también conceder a nuestros hermanos. Esto es de vital importancia, porque no podremos llegar a la verdadera oración, sin antes haber perdonado las ofensas que hayan podido hacernos nuestros hermanos tantas veces como sea necesario, “setenta veces siete” como decía Jesús. Asímismo, nuestra oración no podrá llegar a una verdadera elevación, si no hemos sido capaces de pedir perdón a quienes nosotros hemos ofendido con algún acto de nuestra vida; es por eso que el Divino Maestro nos enseñó: “Si traes tu ofrenda al altar y ahí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano y entonces ven y presenta tu ofrenda”. Fue el Divino Maestro el que nos enseñó la manera de no tener deudas con los demás, porque su vida la dedicó a dar amor, salud, sabio consejo y ejemplo constante, y así mismo, nos enseñó el camino de su infinito perdón, aún en los momentos de su sacrificio en el Gólgota.

“No nos metas en tentación” continúa diciendo el Maestro en su oración, ¿es acaso que el Padre crea las tentaciones para hacernos caer? Esta frase es un alerta para el espíritu, debemos estar velando, en vigilia, para no permitir que la tentación se acerque a nosotros; sin embargo, todos en algún momento de nuestras vidas, nos hemos enfrentado a la tentación que se presenta ante nosotros disfrazada de mil formas distintas para lograr sus objetivos, para hacernos ceder. En muchas ocasiones la hemos vencido y en muchas otras hemos sucumbido ante los encantos de su seducción, sacrificando con ello un peldaño en la elevación de nuestro espíritu, pero no es nuestro Padre quien crea la tentación; la tentación ha sido creada por nuestra soberbia, por nuestro materialismo y falta de espiritualidad; mas el Padre, valiéndose de nuestras propias fallas y equivocaciones, permite que ella llegue hasta nosotros para probar nuestra fortaleza espiritual cuando logramos vencerla, y para someternos a pruebas que tarde o temprano se volverán grandes enseñanzas en la evolución de nuestro espíritu cuando sucumbimos ante ella. Nadie ha sido más tentado que Jesús, y nadie ha sido más poderoso para rechazar esa tentación; porque no debemos olvidar que Jesús siendo divino por el espíritu que le animaba, era también completamente humano, pero Su humanidad era armoniosa, perfecta; sin contradecir las leyes naturales, Jesús vivió de acuerdo con todas y cada una de las Leyes espirituales.

La oración del Divino Maestro termina diciendo: “Líbranos del mal”, porque siendo uno con el Padre, sabía que cuando nuestro espíritu logra la oración verdadera llevada a su máxima expresión, se convierte el la comunicación de espíritu a Espíritu entre el Padre y sus hijos. En esa oración, las pasiones e influencias de la materia se desvanecen, el pecado y la vergüenza se ella se alejan y se rompen las barreras que han alejado al hijo de la presencia de su Padre; lejos quedan también la vanidad y la soberbia, el egoísmo y el materialismo. Ese es el propósito verdadero de la comunicación de espíritu a Espíritu, volver una sola la voluntad del hijo con la del Padre, una voluntad sabia y amorosa que nos acerca al bien y nos aleja del mal.

Citas extraídas de las comunicaciones divinas de El Tercer Testamento

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