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« El origen de muchas de nuestras ideas La misión de ser hombre »

El Hombre: La Cabeza

En el principio Dios creó al hombre, varón y varona los creó...

Poco en verdad se ha profundizado sobre el sentido verdadero de esta sencilla frase; es desde aquí que podemos ver cómo en el género humano, el hombre, se manifestaron desde el principio dos de las naturalezas de la divinidad, la del Padre y la de la Madre.

Cuando el Padre en Sus enseñanzas habla del hombre, se refiere la más de las veces no tan sólo al varón, sino al género humano todo, abarcando en ello tanto a hombres como a mujeres, varones y varonas por igual.

Mas en ese principio remoto de la raza humana, no se había establecido diferencia ninguna entre el varón y la varona; los mandatos primeros del Padre le fueron dados a ambos.

Pero después, en ese lejano Primer Tiempo, el varón mostró una debilidad ante su compañera, dejándose arrastrar ante lo que podríamos llamar una tentación compartida:

           Y Dios le dijo: ¡Quién te enseñó
           que estabas desnudo? ¿Has comido
           del árbol de que yo te mandé no
           comieses?
           Y el hombre respondió: la mujer
           que me diste por compañera me
           dio del árbol, y yo comí
                                Gen.3:11,12

           Y al hombre dijo: Por cuanto
           obedeciste a la voz de tu mujer,
           y comiste del árbol de que te
           mandé diciendo: No comerás
           de él; maldita será la tierra por
           tu causa; con dolor comerás de
           ella todos los días de tu vida.
           espinos y cardos te producirá,
           y comerás plantas del campo.

           Con el sudor de tu rostro co-
           merás el pan hasta que vuelvas
           a la tierra, porque de ella fuiste
           tomado; pues polvo eres, y al
           polvo volverás
                                Gen. 3:17,18,19
Al marcar el Señor al hombre como cabeza de la familia, y colocar en un lugar tan delicado a la mujer, como corazón del hombre, ya puso en claro que sólo unidos armoniosamente podrían ambos crecer y evolucionar.

Y así lo hicieron nuestros Patriarcas: Abraham, Isaac y Jacob, que se distinguieron por ser varones justos y equilibrados que amaron a sus mujeres, escuchando su voz y su consejo en el momento de tomar sus decisiones como cabezas que fueron.

Es la tendencia, la moda actual, el decir que en el matrimonio las decisiones deben ser tomadas por ambos, el esposo y la esposa.

Pero cabe preguntar a las mismas personas que dicen esto, si manejarían de la misma manera una empresa, o si se subirían a un avión donde tanto el piloto como copiloto tuvieran el mismo peso en las decisiones; claro que mientras estuvieran de acuerdo en todo no habría problema pero ¿y qué sucede cuando llega el desacuerdo? ¿quién tomaría decisiones? ¿o simplemente nadie tomaría decisión alguna? Dudo mucho que a tí, hermano o hermana, te gustaría estar viajando en dicho avión.

Imaginemos que esta mentalidad se llevara a efecto en el quehacer humano... Nada funcionaría.

Tan es cierto esto, que todos hemos visto que cuando el varón deja de ser la cabeza de la familia o de la pareja, es la mujer quien asume el control... es decir, sigue habiendo una cabeza.

Esto no significa que cualquier hombre tome, por definición, mejores decisiones que cualquier mujer. Pero sucede tal y como se da en otras organizaciones humanas: Un buen jefe, debe estar dispuesto a atender y escuchar sugerencias, ideas o puntos de vista que pueden colaborar a que tome una mejor decisión; mas la palabra final es siempre la del jefe... ¿no es así?

Y si aceptamos esto tan evidente en otras cosas ¿por qué no aplicar el mismo criterio cuando se trata de algo tan importante como un matrimonio o la familia?

Citas extraídas de las comunicaciones divinas de El Tercer Testamento

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